"No basta con decir que el 50 % de los chicos no terminan los estudios secundarios. Es preciso encontrar una explicación razonable de este fenómeno", afirma el experto en Educación Emilio Tenti Fanfani. Lo dice en una columna que publicó LA GACETA el pasado domingo, que merece ser leída de cabo a rabo, y sin otra pasión que la de la búsqueda del mejor de los sistemas educativos posibles, en un contexto de crisis para el sector, si nos atenemos a resultados estadísticos de fuentes diversas. Hace unas semanas se difundió un informe de la Unesco sobre la calidad de la enseñanza de nivel secundario en el mundo: en ese documento se indica que la universalización de ese nivel es prioritaria; se reconoce que no es un desafío fácil, para ningún gobierno ni sociedad del planeta, y se indica que, en el caso argentino, uno de cada dos alumnos del nivel medio no termina el colegio.
Las pruebas PISA son las evaluaciones de calidad educativa que encaran los países de la OCDE; y los últimos resultados de esas muestras tampoco nos dejan muy bien parados. Sin embargo, como la realidad se construye con matices, los resultados de esa prueba muestran algunas paradojas: por ejemplo, la buena performance de Chile, país que, como se sabe, desde hace unos años tiene a sus estudiantes en las calles, reclamando educación gratuita.
En el caso argentino, la paradoja es que las políticas de inclusión han generado escuelas con más chicos: y que el desafío de los últimos cinco o seis años sigue siendo cómo conciliar más escolarización con mejor educación. Cuando ciertos críticos del actual sistema educativo argentino miran con envidia los buenos resultados obtenidos por Shangai, Singapur, Corea y Finlandia en las pruebas PISA, la reflexión más repetida con cierta fruición es: "esos chicos salen buenos porque son hijos del rigor". Sin embargo, las recetas del éxito de Finlandia no pasan por la mano dura, sino por un sistema más equitativo, tanto en lo social como en lo económico, y en la excelencia en la formación de los docentes finlandeses (con nivel universitario desde el maestro de primaria). Estadísticas al margen, el propio Tenti Fanfani apela a definir prioridades tan aparentemente simples como el desarrollo de capacidades para poder hacerse entender con corrección en el habla y en la escritura; por lo menos un idioma extranjero; saber calcular y manejar las tecnologías de la información y tener conciencia de ciudadanía, en el sentido más completo posible.
Pero si ese menú es un objetivo a alcanzar, el reto no se agota allí: como señala Axel Rivas (Cippec, fundación Arcor, "Radiografía de la Educación argentina"): "No sólo son los países con más alto grado de desarrollo de sus economías los que logran mejores condiciones en sus sistemas educativos y obtienen puntajes más altos en las pruebas de calidad, sino que los mejores resultados se asocian con niveles más equitativos de distribución de la riqueza. Los países con mayor desarrollo e igualdad social -escribe- son los que logran los mejores y más equitativos resultados de sus sistemas educativos". Rivas traslada esa reflexión al interior de una Argentina en la que, según el Indec, el 10% de los hogares más ricos concentraba en 2011 el 28,8% de los ingresos totales, mientras que el 10% más pobre apenas lograba el 1,7%. El experto añade que las desigualdades del federalismo fiscal se traducen en el terreno del financiamiento educativo; y que las provincias más pobres son las que peor la llevan, porque allí hay que redoblar el esfuerzo para mitigar el impacto de una amplia franja de chicos que viven en condiciones de pobreza, o que padecen las secuelas de una primera infancia en la más plena indigencia.